El Real Jardín Botánico de Madrid

El Real Jardín Botánico de Madrid

¡Buenas de nuevo! Soy Borja Teno, y hoy les vamos a acompañar hasta uno de los lugares con más encanto de todo Madrid. ¿Adivinan cuál? El Real Jardín Botánico.

Un jardín extraordinario

La singular andadura de este espacio de interés botánico, histórico y artístico se remonta a mediados del siglo XVIII, en tiempos de Fernando VI. Comenzó a construirse a orillas del Río Manzanares, en un lugar llamado La Huerta de Migas Calientes, que más o menos cae cerca de la actual Puerta de Hierro.

Escultura de Carlos III en el Real Jardín Botánico. Fuente: el Real Jardín Botánico.

Pasados unos años, con Carlos III ya en el trono y con la idea en mente de poner Madrid a la altura de las principales capitales europeas en cuanto a adelantos científicos y técnicos se refiere, se procedió con el traslado del Jardín Botánico a su emplazamiento actual, junto al Paseo del Prado. En ese lugar se estaba construyendo la denominada Colina de las Ciencias. Ésta englobaba el Gabinete de Ciencias Naturales, actual Museo del Prado, El Observatorio Astronómico y el Jardín Botánico. A su vez, formaban parte de un conjunto monumental constituido por los jardines y palacio del Buen Retiro, el Monasterio de los Jerónimos y sus jardines, la Fábrica de Porcelanas y el Monasterio de la Virgen de Atocha.

Poca gente conoce el dato de que en un principio, este Real Jardín Botánico tenía dos funciones: Por un lado abastecer de especímenes vivos al Gabinete de Ciencias Naturales y por otro, ser la granja de cultivo de plantas medicinales que posteriormente serían de utilidad en el Hospital de San Carlos, hoy Museo de Arte Reina Sofía.

El diseño original del Jardín les correspondió a los arquitectos Francisco Sabatini y Juan de Villanueva y en el año 1781 fue inaugurado por el propio rey.

Real Jardín Botánico de Madrid en otoño. Fuente: el Real Jardín Botánico

El interior del Jardín Botánico

El Real Jardín Botánico está surcado por cinco paseos, que tienen el honor de recordar a grandes científicos y botánicos de los siglos XVIII y XIX.  Estos paseos discurren paralelos al Paseo del Prado, cruzados a su vez de forma transversal por el Paseo de Carlos III, que une la llamada Puerta del Rey con el Pabellón Villanueva.

Nosotros, al no  pertenecer a la familia real, al menos de forma reconocida, deberemos realizar nuestra entrada por la Puerta de Murillo. Esta, debe su nombre a estar orientada hacia la plaza del ilustre pintor de las “Inmaculadas”. Una vez atravesamos la puerta, los tres pórticos de granito berroqueño que nos reciben son diseño y obra de Juan de Villanueva, y para no faltar a las grandes obras del XIX, está sin terminar, como no. En el diseño original, “la entrada” figuraba con un conjunto escultórico, conjunto que jamás se llegó a realizar y sin el cual nos hemos quedado.

Puerta de Murillo. Fuente: Patrimonio cultural y paisaje urbano. Ayuntamiento de Madrid.

Terraza de los Cuadros:

Ante nosotros, se abre la Terraza de los Cuadros. ¿Por qué creen que recibe este nombre? Contra todo pronóstico, esta terraza no recibe su nombre por haber sido la más retratada en los cuadros de los miles de artistas anónimos o conocidos que la han reflejado en sus obras. No amigos, no. Sino porque las diferentes colecciones se encuentran ordenadas en “cuadros” según sus usos: ornamentales, medicinales, aromáticas y de huerta. 

Si continuamos nuestro camino a lo largo del Paseo de Quer, al llegar al centro de la Rosaleda nos encontraremos con el Paseo de Carlos III. ¡Miren hacia la derecha! Nos encontraremos con la Puerta del Rey o Puerta Real. Es obra y diseño de Sabatini. Se trata de una estructura de estilo clasicista elaborada con sillar de granito y detalles en caliza. En la cara que mira al Paseo del Prado, sobre el arco de medio punto, se encuentra una placa que hace alusión a Carlos III y al año de inauguración. Allá por el siglo XVIII, esta era la entrada principal al recinto. A día de hoy, esta entrada es tan solo utilizada por la Familia Real cuando visita este enclave.

Puerta Real. Fuente: Patrimonio cultural y paisaje urbano. Ayuntamiento de Madrid.

Si continuamos caminando por el Paseo de Quer en dirección sur, llegaremos a una de las zonas más fotografiadas de este jardín. Se trata del estanque de los nenúfares con la rocalla. ¿Quieren disfrutar de este momento aún más? Confíen en mi, cierren los ojos y déjense llevar por sus oídos , pues el “croar” de los anfibios que allí habitan tienen el poder de trasladarnos a otros lugares.

Desde aquí, podemos iniciar la ascensión hasta la siguiente terraza, pero antes, encontraremos otro paseo que podemos recorrer en dirección norte. Se trata de El Paseo de Gómez Ortega, el único paseo doble del jardín. Lo ideal será caminar por el “bajo” ya que de esta manera podremos admirar las esculturas de los más famosos botánicos de los siglos XVIII y XIX, a saber: Manuel Lagasca, obra de Ponciano Ponzano, José Quer, obra de Andrés Rodríguez, Simón de Rojas Clemente, obra de José Grajera y Antonio José Cavanilles, realizada por José Pagniucci.

Escultura de Antonio José Cavanilles en el Real Jardín Botánico. Fuente: El Real Jardín Botánico.

Cavanilles fue nombrado director del Real Jardín Botánico por Carlos IV. Poco tiempo después, a los franceses les dio por cortar la cabeza al “primo Luis” al grito de “liberte, egalite, fraternite”. De manera que durante un tiempo todo aquello que venía desde Francia fue sinónimo de algo malo, malísimo.

Esto, no era nada bueno para Cavanilles, quien era consciente de que los grandes tratados de botánica venían de Francia. Por ello, aprovechando que tenía relaciones con un librero en París, encontró un modo de que estos tratados lograsen entrar en España. Convirtiéndose sin quererlo, en uno de los célebres contrabandistas de nuestra historia.  Aunque es uno de esos grandes desconocidos de nuestra historia, lo cierto es que a fecha de hoy, en pleno siglo XXI, en muchas facultades europeas se siguen estudiando sus tratados, que no fueron pocos, a pesar de que se encontró con la muerte con apenas 44 años.

Terraza de las escuelas:

Ahora sí, podemos volver sobre nuestros pasos, hasta el Paseo de Carlos III y entramos en la Terraza de las Escuelas. En ella se encuentra una colección de plantas clasificadas por orden sistemático, es decir, siguiendo relaciones de parentesco por su proximidad evolutiva. Las diferentes escuelas se encargaban de esta tarea.

Escultura de Linneo en el Jardín Botánico. Fuente: El Real Jardín Botánico

Terraza Plano de la Flor:

Mirando hacia la parte alta de la “colina” podemos admirar la última de las terrazas, llamada Plano de la Flor, de estilo romántico, alberga una variada representación de árboles y arbustos, está bordeado por dos emparrados de hierro, construidos en 1786, uno al norte y otro al sur. El centro de la terraza está dominado por el estanque y la glorieta de Linneo, un científico sueco del siglo XVIII, que a día de hoy es considerado el padre de la taxonomía. Al fondo, podemos admirar en todo su esplendor el Pabellón Villanueva. Hoy convertido en sala de exposiciones, tienda y cafetería, pero en sus inicios tenía funciones más estudiantiles, ya que albergaba las aulas y el lugar de investigación durante los siglos XVIII y XIX.

En esta terraza encontramos otro de esos lugares que siempre queda “resultón” en las fotos. Es el monumento a los Jardines por la Paz y de forma simétrica, en el lado norte de la misma terraza, en la Glorieta de los Tilos, la alegoría de la Dalia. Esta hermosa flor es originaria de México y nuestro Jardín Botánico entró en la historia por la puerta grande gracias a ella, pues fue el primer lugar de Europa donde se consiguió cultivar con éxito esta planta llegada del otro lado de la Mar Océana.

Terraza de los Bonsáis. Fuente: El Real Jardín Botánico.

Terraza de los Bonsais

Aún nos queda una terraza más por descubrir. Se trata de la terraza de los Bonsáis, que fue inaugurada en el año 2004. La colección que hoy se expone fue donada en 1996 por el ex presidente del Gobierno Felipe González.

Junto a la terraza del Plano de Flor, en su lado norte, encontramos los invernaderos, el lugar donde se reúnen las condiciones climáticas necesarias para que plantas de climas tropicales puedan desarrollarse tan a su gusto, como si del Hotel Ritz de nuestras herboreas amigas se tratase.

Y hasta aquí, nuestro recorrido de hoy por el Real Jardín Botánico de Madrid. La mejor forma de imaginarlo es viéndolo, y para verlo, hay que venir hasta aquí. Yo mismo les invito a ello.  

Espero que haya sido muy de su agrado y no dejen de visitar este fantástico rincón, quizá no tan bien conocido de nuestra capital.

Madrid posee muchos espacios verdes. ¿Conocéis algún otro? mira en nuestro blog y descubre más.

1 Comentario
  • José Antonio
    Publicado a las: 11:48h, 23 noviembre Responder

    Gracias, por abrir nuestra mente al conocimiento de este rincón lleno de historia, belleza y sabiduría.
    En alguna de estas mañanas otoñales, haré el recorrido descrito en este artículo.

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